Mi experiencia con la ansiedad y el tratamiento psiquiátrico

24 de noviembre del 2021 | en:  Gestiona tu energía, Mi vida imperfecta, Organización con necesidades especiales

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Tiempo de lectura: 6 min. 30 seg.


*Escribí y publiqué este artículo por primera vez en el 2017. Dado que el fin de año puede detonar depresión o ansiedad en muchas personas, se me hizo un buen momento para volver a compartirlo. Salvo por un último párrafo que hacía referencia a mi antiguo blog, decidí no editar el artículo, así es que leerán mi experiencia tal cual la redacté en el 2017.

¿Superar la depresión y la ansiedad?

Nunca he sufrido de depresión, pero de ansiedad, sí. Cuando una psiquiatra me diagnosticó un severo trastorno de ansiedad, tenía 14 años.

La semana pasada, una amiga me platicó sobre los ataques de pánico que un amigo suyo había empezado a tener. Últimamente se han vuelto frecuentes y son distintas las situaciones que los detonan. Le comenté que era importante que su amigo fuera a ver a un doctor que pudiera ayudarlo, al menos desde lo que sé por mi experiencia, le sugerí que fuera con un psiquiatra -pensé que podría necesitar medicamento-. Pero mi amiga le había sugerido leer mi blog y adoptar, “como yo”, una “actitud positiva”. Está segura de que con la actitud adecuada y si se decide a hacerlo, su amigo podría controlar él solo sus ataques de pánico.

Unas semanas más atrás, había ido por un café con otro grupo de amigas. Una de ellas nos platicó que un familiar suyo sufre de mucha ansiedad; “o al menos eso dice”. Su familiar sí toma medicina para ello. Sobre ese tema, la conclusión en la mesa fue que, en general, deberíamos poder controlar ese tipo de situaciones; primero porque casi con seguridad son creadas por nosotros; y segundo, porque no es bueno estarnos “metiendo medicina”. En lo personal, no estuve de acuerdo.

Esas dos conversaciones me hicieron darme cuenta de un tema sobre el cual no he escrito lo suficiente: el cuidado de nuestra salud mental. Habiendo pasado por una etapa muy difícil de ansiedad a una edad tan joven, siempre ha sido un tema importante para mí. Sobre todo porque aunque cada vez menos, todavía hay muchos tabúes y mitos al respecto, como que leer un blog como el mío o algún libro de autoayuda puede ser la solución al problema, cuando la realidad es que lo que me ayudó a salir de la ansiedad aquella vez, no fueron una actitud positiva ni mis ganas de hacerlo. Lo que me sacó adelante fue haber tomado Prozac y Rivotril. Y por supuesto, un excelente proceso de terapia con mi psiquiatra Raquel.

Recuerdo una clase en la universidad en la que presenté el “prototipo” de un libro de trabajo cuyo objetivo era ayudar a personas que sufren de ansiedad. Motivada, por supuesto, tanto por mi experiencia como la de varios familiares cercanos. Nunca se me va a olvidar la “retroalimentación” de uno de mis compañeros que se rió y me dijo: “la ansiedad no es un problema, te calmas y ya, ¿por qué no mejor haces un proyecto para ayudar a personas que no tengan casa? eso sí es un problema”.

Por comentarios como ese y muchos otros que he visto en redes sociales últimamente, hoy decidí platicarles mi historia con la ansiedad. Sirve de que le variamos un poquito a las historias sobre el tumor 😉

Todo empezó en segundo de secundaria. Desde niña, siempre fui considerada “muy aprensiva”. Me daban miedo muchas cosas, muchas de ellas, más de lo que deberían. Como la escuela. Quizás a algunos les costará trabajo entenderlo, pero en verdad la escuela me generaba una ansiedad que me paralizaba.

Cuando iba en segundo de secundaria, tuve un profesor de álgebra muy exigente. No era un maestro exigente cualquiera, tenía una personalidad muy dominante. Puedo con seguridad decirles que era el único profesor al que todos mis compañeros de secundaria, respetaban. No voy a decir que él fue quien detonó mi ansiedad porque no tengo manera de saberlo a ciencia cierta, pero al menos en mi memoria, siempre he asociado esa clase de álgebra con el inicio de mi proceso de terapia.

La primera vez que me llevaron a la psiquiatra mi ansiedad había llegado a un punto crítico. Llevaba meses sin dormir. Nunca se me van a olvidar esas noches de insomnio: me daba tanto miedo que me acostaba en el cuarto de mis papás todas las noches. Mi papá se tenía que dormir en mi cuarto y yo me acostaba con mi mamá en el suyo. Me la pasaba toda la noche temblando, dando vueltas y con la sensación de tener “el estómago chiquito”. Por más que trataba, el “estómago chiquito” no me dejaba dormir; y luego me hacía vomitar todas las mañanas antes de ir a la escuela. Pero la escuela ya no era lo único que me generaba ansiedad, me sentía nerviosa antes de cualquier evento fuera de mi casa. Incluso ir al cine con mis amigas me provocaba dolor de estómago.

Si alguno de ustedes está pensando que la historia suena irracional, lo es. Lo peor de la ansiedad es que, conscientemente, sabes que la situación no debería estarte causando tantos nervios. -“¡Solo voy al cine con mis amigas! ¡Quiero ir con ellas! ¡Quiero ver esa película! ¿Por qué me siento así?”-. Por más que intentara racionalizarlo, no podía. No lo podía controlar.

Lo peligroso de la ansiedad y la depresión es que, sin ayuda, no las puedes controlar.

Afortunadamente tengo dos papás muy abiertos que cuando vieron mis síntomas, en lugar de regañarme, decirme que no fuera exagerada o que me calmara, buscaron ayuda para mí.

Antes de que llegara a ese punto crítico, habíamos intentado muchas cosas. Durante un tiempo estuve yendo con una psicóloga con quien además de la terapia, aprendí muchas técnicas de relajación. Probé de todo: ejercicios de respiración, tés, ejercicio, etc. Hubo una temporada en la que incluso saltaba la cuerda durante varios minutos todos los días antes de dormir. La idea era que entre el cansancio de saltar y la relajación del baño caliente que seguía, pudiera quedarme dormida.

Nada funcionó. Fue hasta después de todo eso que probamos que llegué con Raquel.

Estuve yendo con ella por más de un año, durante el cual tomé Prozac para controlar la ansiedad y un cuarto de Rivotril para poder dormir. Pero no solamente fue la medicina, también hubo un trabajo de terapia; iba una vez a la semana. Mientras la medicina atacaba los síntomas, la terapia atacaba la raíz. El trabajo que hice en mí durante ese tiempo es de las experiencias que más agradezco haber tenido, porque me permitió conocerme y aprender a relacionarme con mis miedos e inseguridades. La medicina fue quitándomela poco a poco hasta que no la necesité más, pero el trabajo que hicimos siempre se va a quedar conmigo.

Después de aquella etapa he regresado con Raquel en diferentes ocasiones, para trabajar diferentes procesos y cambios: cuando entré a la universidad, después de que me operaron y más recientemente, cuando entré a la vida laboral. Justo hace algunos meses me “gradué” de este último proceso.

Actualmente, gracias a esos últimos meses, puedo satisfecha decir que me encuentro en un momento de aceptación. Sin embargo, si más adelante llegan nuevas situaciones en las que necesite ayuda, no me dará ningún miedo pedirla.

A continuación algunas conclusiones que tengo sobre el tema:

Hay que cambiar nuestro lenguaje: frases como “meterse medicina” o “empastillarse” le dan un estigma negativo a algo que no tiene nada de malo. ¿Cuándo han escuchado que alguien critique a una persona por “meterse” todos los días su medicina para la presión?

Tomar medicina no tiene nada de malo, pero es importante que sea diagnosticada por un médico. Desafortunadamente hoy en día hay mucha gente que se autodiagnostica este tipo de trastornos, lo cual sigue contribuyendo a los mitos que existen alrededor de ellos.

La medicina no es mala, pero no lo es todo. La depresión o la ansiedad no pueden ser un motivo para no trabajar en nosotros. Los medicamentos atacaron el desbalance químico que provocó mi ansiedad, pero no son lo que me trajo hasta donde estoy. Hoy soy quien soy, no gracias a la medicina, sino al trabajo que hice con Raquel en terapia. Con sus diferencias, pensémoslo como una dieta: de nada sirve tomar medicina para bajar de peso, si no cambiamos nuestros hábitos alimenticios.

No estoy diciendo que todas las personas que sufren de mucha tristeza o mucho estrés deban tomar medicina, sino que tener mucha tristeza no es no lo mismo que tener depresión, tener mucho estrés no es lo mismo que tener ansiedad.

Mi intensión con este texto no es promover ir al psiquiatra o no ir, tomar medicina o no tomar. Mi intención es simplemente contar mi historia para contribuir a la conversación de un tema que sigue siendo tabú y del cual es muy importante hablar. No está mal buscar ayuda; cuidar nuestra salud mental es tan importante como la salud de nuestro cuerpo.

*Escribí y publiqué este artículo por primera vez en el 2017. Dado que el fin de año puede detonar depresión o ansiedad en muchas personas, se me hizo un buen momento para volver a compartirlo. Salvo por un último párrafo que hacía referencia a mi antiguo blog, decidí no editar el artículo, así es que leerán mi experiencia tal cual la redacté en el 2017.


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