¿Eres valiente o te haces la valiente?

19 de septiembre del 2018 | en:  Sé tu propio eje, Suelta el miedo

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Si me has leído antes, sabes que en el 2009, cuando tenía 19 años, me operaron de un tumor en el cerebro. Fue una cirugía muy complicada y, en los años que le siguieron, hubo tantos cambios en mi vida y mi salud que aprendí a acostumbrarme a muchas cosas.

La razón por la que encontraron el tumor fue que empecé a ver una manchita con mi ojo derecho. En ese entonces, estaba tomando una materia muy demandante en la universidad. Se me había hecho lógico pensar que la manchita era sólo vista cansada.

Pronto supe que no era el caso; la mancha que estaba viendo no había sido causada por una clase en la universidad, sino por una serie de tumores en mi ojo que me desprendieron la retina. Después de una resonancia magnética. descubrieron también el tumor en mi cerebelo que necesitaba urgente atención.

Cuando salí de la cirugía, mi visión no estaba al 100% (creo que con ninguno de mis dos ojos). Recuerdo que tenía la sensación de que las cosas se movían, como si las imágenes pasaran rápidamente de izquierda a derecha y no se pudieran quedar quietas. 

Con el tiempo el movimiento fue cediendo, pero mi visión con el ojo derecho fue empeorando… sin que me diera cuenta. Como estaba concentrada en mejorarme de todo lo demás, me acostumbré a ver solamente con mi ojo izquierdo.

Cuando por fin puse atención a mis ojos, ya no veía absolutamente nada con el ojo derecho. Como había pasado demasiado tiempo, fue muy tarde para hacer algo al respecto y perdí la visión de ese lado para siempre. pero la pérdida de la vista no es a lo único a lo que me he acostumbrado.

Un día, en el centro de rehabilitación, se me empezaron a dormir mis extremidades cuando salí de bañarme. La sensación de hormigueo empezó por los pies y manos y se fue extendiendo hacia mis piernas y brazos. Rápidamente llamamos al doctor, pero me revisó y no encontró nada malo. Atribuyó la sensación de adormecimiento a que “tal vez las enfermeras me habían bañado con agua demasiado caliente”. 

Después de un tiempo, el hormigueo fue desapareciendo: primero de la parte más alta de los brazos y piernas, hasta que mis extremidades volvieron a la normalidad: todo excepto las palmas de mis manos. Esperamos un tiempo, pero ese adormecimiento nunca se me quitó. Actualmente tengo las palmas de las manos dormidas todo el tiempo. Pero ¿saben qué sucedió? Me acostumbré.

“Ya me acostumbré” es la respuesta que doy a casi todas las preguntas que me hacen:

¿No te molesta tener las manos dormidas?

– Ya me acostumbré.

¿Te cuesta trabajo ver con un solo ojo?

– Ya me acostumbré.

¿Cómo le haces para vivir con disfagia?

– Ya me acostumbré.

¿No se te antoja la comida? ¿Qué se siente tener una sonda?

– Ya me acostumbré.

Ya me acostumbré. Ya me acostumbré. Ya me acostumbré.

Hace un par de años fui al cine con mi familia. A la mitad de la película, mi hermana, sentada a mi derecha, se acercó para hacerme un comentario. Me habló al oído al volumen al que uno debe hablar cuando está en el cine: muy bajo.

No escuché nada.

Después de preguntar “¿qué?” muchas veces, me volteé para que repitiera su comentario dirigiéndose a mi oído izquierdo. Inmediatamente entendí lo que me estaba diciendo.

En ese momento me di cuenta de que estaba teniendo problemas de audición con mi oído derecho. Hice algunas pruebas con los audífonos de mi teléfono para confirmar el diagnóstico y después de eso fuimos al doctor para que me revisara.

Ni dos otorrinos, dos audiólogas  y un otoneurólogo pudieron darme un diagnóstico específico. Sé que he perdido un porcentaje significativo de mi audición, pero no sé por qué. El problema fue que no les supe decir a los doctores en qué momento dejé de escuchar, si la pérdida fue súbita o gradual.

No les supe decir porque como “ya me acostumbré a acostumbrarme” a mis síntomas, no me había percatado de la pérdida auditiva.

¿Por qué me acostumbré a acostumbrarme? El problema es que confundimos ser valientes con aguantarnos lo que sentimos. ¡Twitéalo!

¿Alguna ves les han dicho, o le han dicho a alguien la frase: “Ni aguantas nada”?

Se lo decimos a alguien cuando se queja de un dolor que consideramos exagerado, que expresa un miedo que a nuestro parecer no es justificado, que se cansa después de hacer un ejercicio que no nos parece pesado, o que nos parece “demasiado sensible”. 

A los hombres se les enseña a no expresar sus sentimientos y a las mujeres se nos considera débiles por expresarlos.

Me tomó mucho tiempo lograr dar mis primeros pasos después de la cirugía. Estuve tanto tiempo acostada en la cama del hospital que incluso me tomó un tiempo lograr permanecer sentada sin desmayarme. Lograr hincarme, pararme y sobre todo caminar fueron grandes retos para mí. 

Cuando empecé a dar mis primeros pasos me urgía caminar las mismas distancias que antes, entonces trataba de permanecer de pie aunque mi cuerpo me pidiera sentarme. Ofe, mi fisioterapeuta, siempre me regañaba porque nunca le quería decir cuando estaba cansada. Por confundir ser fuerte con no aceptar que mi cuerpo tenía límites, sufrí muchos desmayos. 

Aguantarnos no es sinónimo de ser valientes. El verdadero acto de valentía es decir lo que sentimos. ¡Twitéalo!

Ser valiente no es lo mismo que “hacerte la valiente”.

Ser valiente es aceptar lo que sientes.

Ser valiente es expresarlo.

Ser valiente es pedir lo que quieres.

Ser valiente es reconocer tu valor.

¿Te atreves a empezar a reconocerlo?

 

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