En busca del príncipe azul: Por qué el problema ya no es buscar al hombre perfecto…

13 de febrero del 2019 | en:  Mi vida imperfecta, Sé tu propio eje

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¿Cuántas cosas hacemos porque somos mujeres y cuántas pasamos por alto porque así son los hombres?

Voy a empezar este artículo diciendo que no soy experta en relaciones de pareja. Mi primer novio lo tuve hasta los veinte años, sólo he tenido dos relaciones formales -una de casi dos años, otra de casi tres- y en ambas ocasiones fue mi novio quien decidió terminar la relación. (No sé si eso debería ser indicativo de algo, pero dos ocasiones no se me hacen suficiente prueba de nada como para darle más vueltas al asunto). Sin embargo, aunque no soy una experta, he aprendido cosas valiosas que, con el pretexto del 14 de febrero, me gustaría compartirte.

Antes quiero aclarar que este no es un artículo más en el que te voy a decir que “el Príncipe Azul no existe”, hay suficientes artículos sobre eso. Es decir, el Príncipe Azul no existe, pero no es el tema de hoy.

Dicho esto, voy a confesar que no me molestaría encontrar un Príncipe Azul. He escuchado a personas decir que “qué aburrido sería estar con alguien perfecto”, pero francamente, si se apareciera en mi camino Eric el de La Sirenita, no le diría que no.

(Eric el de La Sirenita es, objetivamente y sin ninguna duda, el príncipe más guapo de Disney).

Si me has leído desde hace algún tiempo, sabrás que casi nunca te platico sobre mis relaciones amorosas. Tal vez te resulte difícil de creer, porque ya sabes que siempre comparto too much information, pero hay algunas cosas que me guardo para mí. Aunque no te voy a contar con lujo de detalles, sí te quiero compartir algunas cosas que he estado reflexionando.

Hace más de dos años terminó mi segunda relación, la que duró casi tres años. Te podrás imaginar que terminar no fue fácil en ningún sentido, las rupturas amorosas nunca lo son. Sobre todo porque en este punto de la vida te planteas muchas cosas sobre el futuro que antes no te planteabas. Cuando tienes veinticasitreinta años, piensas que las cosas van “en serio”, por lo que terminar una relación implica mucho más que el fin de un noviazgo; también implica replantear planes y sueños sobre tu futuro.

Después de que termina una relación, es común preguntarte “¿qué hice mal?” o “¿qué pude haber hecho diferente?”

No sé si también te pase, pero cuando algo no me sale de acuerdo a lo planeado, le doy mil vueltas en la cabeza. Analizo cada detalle, cada momento, cada cosa que hice o dije. Y si en cualquier situación de la vida cotidiana sobreanalizo las cosas, cuando se trata de una relación de pareja, mucho más. 

Supongo que por eso es tan difícil y tardado darle cierre al proceso de una ruptura. ¡Imagínate!, analizar años de discusiones pequeñas, pleitos más grandes y por supuesto, caras de disgusto. Todas esas veces que hiciste o dijiste algo que, según tú, molestó a tu pareja. Todas esas veces que te fuiste a dormir pensando: “seguro se enojó”, “¿para qué hice eso?”, “qué tonta soy”. Tres años de enojos reales y enojos percibidos le dan mucho material a mi cerebro para volverse loco pensando.

¿Qué hubiera pasado si?, ¿qué hubiera pasado si?, ¿qué hubiera pasado si?

Claro que en la mayoría de mis “análisis”, la de la culpa siempre soy yo.

No debí haber dicho esto, no debí haber hecho esto, no debí haber hecho esto otro. No debí, no debí, no debí.

(Cuando estuve en terapia, mi psiquiatra me preguntaba que quién me había dado mi “libro de los deberías”).

La idea de ser una buena novia no se me ocurrió a mí solita, es un concepto que grabaron en mi cerebro los siglos y siglos en los que a las mujeres se nos ha puesto la expectativa de ser perfectas. ¡Twitéalo!

Hace algunos años mi hermana empezó a hacer estudios de género, y las pláticas que he tenido con ella desde entonces me han hecho reflexionar sobre muchas cosas: las cosas que hacemos “porque somos mujeres” y las cosas que pasamos por alto porque “así son los hombres”. Las cosas que la sociedad espera de nosotras y las cosas que la sociedad espera de ellos.

Durante mis dos relaciones, siempre traté de ser una “buena novia”. Sea lo que sea que eso signifique. No es una exigencia que me hubieran hecho mis novios, más bien me la puse yo. Pero es una exigencia aprendida.

La idea de ser una “buena novia” no se me ocurrió a mí solita, es un concepto que grabaron en mi cerebro los siglos y siglos en los que a las mujeres se nos ha puesto la expectativa de perfección: ser sensibles, pero no demasiado, porque entonces somos unas dramáticas o hacemos demasiados panchos; asertivas, pero no demasiado, porque entonces somos unas mandonas (por verme ligera con la palabra); atentas, pero no demasiado, porque entonces sofocamos a los demás.

Es difícil encontrar ese balance.

Es difícil porque ese balance no existe. La perfección no existe.

En mi cabeza, ser “una buena novia” significaba trabajar en mis fallas, pero también entender y perdonar las fallas de mi novio. Por ejemplo, si me enojaba porque mi novio del momento no alcanzaba una expectativa mía poco realista y él me lo hacía notar, me daba cuenta (después de, por supuesto, darle mil vueltas en la cabeza):

“Claro que él también se enojó, tiene razón. Mi expectativa era imposible de cumplir y no le puedo exigir la perfección a nadie porque nadie es perfecto. Yo no soy perfecta tampoco. A la siguiente, voy a tratar de cambiar”.

Entender y perdonar las imperfecciones de tu pareja suena como algo razonable, pero no fue sino hasta apenas que me empecé a preguntar: en ese perdonar y entender, ¿dónde dejaba lo que yo pensaba y sentía?, ¿dónde quedaban mis propias necesidades?, ¿dónde quedaba el entendimiento y el perdón de mi propia imperfección?

¿Qué pasa cuando, en ese entender y atender las necesidades del otro, empiezas a desatender las tuyas?

¿Qué pasa cuando, en ese entender y atender las necesidades del otro, empiezas a desatender las tuyas? ¡Twitéalo!

Hace un tiempo, en un diplomado, aprendí la teoría de la comunicación no violenta. Uno de sus principios básicos es que ningún ser humano es bueno, ni malo, simplemente somos seres con necesidades fundamentales. La comunicación no violenta dice que todas, absolutamente todas las acciones que tomamos, surgen de una necesidad profunda: nuestra necesidad de amor, de aceptación, de compañía, de sustento, etc.

En esta teoría, las necesidades no se consideran carencias, sino más bien motivaciones: nuestras necesidades son lo que nos mueve a actuar. Por lo tanto, las peticiones que hacemos a otros surgen de una necesidad profunda que tenemos.

La comunicación no violenta me hizo pensar en todas las “exigencias” de mí parte que poco a poco fui reprimiendo en la misión de ser una “buena novia”. O, si soy más honesta contigo, la novia perfecta. 

Cuando pedía más comunicación, por ejemplo, -una necesidad mía-, mi petición era confrontada con la necesidad de espacio de mi novio. Este es un diálogo normal, ambas partes tienen necesidades y ambas deben expresarlas. Sin embargo, como mujeres tendemos a poner las necesidades de los otros por encima de las nuestras. Es algo que se espera de nosotras.

El objetivo de este artículo no es explorar por qué se nos ha exigido la perfección a las mujeres, ni reclamar necesidades desatendidas; tampoco motivar a las mujeres a poner sus necesidades por encima de las de los demás. No es decirle a las mujeres (ni a los hombres) que pidan más, ni menos.

El objetivo del artículo es simplemente invitarte a que le des a tus necesidades el mismo lugar que le das a las de otros; que te permitas escucharlas, en lugar de silenciarlas en tu búsqueda de la perfección.

Desatender tus necesidades no te acerca a la perfección, sólo te aleja de ti misma. ¡Twitéalo!

Desatender tus necesidades no te hace “la pareja perfecta”. No te hace más empática, ni atenta, ni cariñosa, ni mejor persona. Desatender tus necesidades no te acerca a la perfección, sólo te aleja de ti misma.

Una vez, en terapia, comenté que “estaba consciente de que cuando estás en una relación, muchas veces tienes que ceder”. Ese día descubrí lo equivocada que estaba… no se trata de ceder, sino de negociar. No se trata de decir: “hoy yo ignoro mi necesidad y mañana tú ignoras la tuya”, sino de preguntarse: “¿cómo podemos trabajar en conjunto para que las necesidades de ambos se satisfagan de la mejor manera posible?”

No existen las personas perfectas, eso lo sabes.

…y aún así te sigues exigiendo la perfección.

Si sabes que estás buscando (o estás con) una persona imperfecta, ¿por qué sigues intentando ser perfectas tú?; si sabes que no debes idealizar a tu pareja, ¿por qué sigues intentando ser una pareja ideal?…

En las semanas pasadas he estado escribiendo mucho sobre gestión de tiempo. Una de las maneras más inmediatas que tienes de escuchar y hacer caso de tus necesidades, es elegir cómo quieres pasar el tiempo. Darte tiempo para ti.

Este 14 de febrero, te invito a que te regales un poco de tiempo para pasarlo como tú quieras: sola, con tu o pareja o amigos. No importa cómo decidas pasarlo, eso depende de ti. 

Si decides regalarte un poco de tiempo, ¡cuéntame en los comentarios cómo decides pasarlo!

(También te puedes regalar chocolates. Muchos, muchos chocolates). (A mí me gustan los Kit Kats).

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Comentarios:
  1. María Teresa Calva Morales dice:

    Excelente artículo Mariana, digno de publicarse. Pues les servirá a muchas mujeres reflexionar al respecto

    1. Mariana López González dice:

      ¡Gracias Tere! Un abrazo <3

  2. Veronica dice:

    Excelente artículo, explicas muy bien el asunto y llegas al ….. no es ceder, sino negociar……., aprendo de ti a mis 56 !! ufffff es la primera vez que veo mi edad actual escrita…..otra cosa para reflexionar .
    Un abrazo Mariana y muchas gracias !!!

    1. Mariana López González dice:

      ¡Muchas gracias Vero! Te mando un abrazo.

  3. Fabiola Guerrero dice:

    ¡Hola Mariana! me gustó el artículo, gracias por compartir. A mi también me gustan mucho los chocolates pero estoy enferma y no los puedo comer, por lo tanto me voy a regalar una nieve.

    1. Mariana López González dice:

      jaja ¡una nieve también es un gran regalo de 14 de febrero! 🙂 ¡un abrazo Fabi!

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